sábado, 5 de mayo de 2018

OTRA FORMA DE SACAR AGUA: EL PINGOSTE O CIGÜEÑAL



Milenario artilugio llamado en unas zonas pingoste y en otras cigüeñal.


Con estos nombres, según los lugares, se nombra al artilugio destinado a sacar agua de los pozos para el riego u otros menesteres. También es conocido como cigoñal y cigüeño. 


Pingoste bien podría derivar de la palabra pingar,  que según la RAE, una de sus acepciones es “pender, colgar”. Y efectivamente una de las partes de este artilugio es una lata (palo) larga que “pende” verticalmente sujetando el balde que se sumergirá en el pozo.
En cuanto a los nombres cigüeñal, cigüeño y cigoñal, es evidente que vienen de su semejanza con la figura de la cigüeña a la que imita no sólo en la forma sino también en sus movimientos. La acción de sacar agua del pozo con el cigüeñal a un ritmo continuado nos recuerda al deambular de la cigüeña alimentándose por el campo en un continuo picotear el suelo balanceando su estilizado cuello y alargado pico para capturar pequeños animalillos.
El pingoste puede considerarse una herramienta ergonómica de primer orden. Por una parte la persona que lo maneja mantiene la columna vertebral erguida en todo momento con lo que ésta no sufre, y por otro el rendimiento es máximo, el cubo se sumerge y se llena empujado con la lata de forma muy rápida, el contrapeso se encargará de elevarlo, y se vaciará sin necesidad de tocar el balde con la mano. La ventaja con respecto a sacar el agua con un balde y una cuerda es abismal, tanto en el tema postural como en el rendimiento del trabajo.




Pozo de excelente factura con un brocal de 50 cm por encima del nivel del suelo en el término de Callejacarranza.


El diccionario de la RAE no recoge la palabra pingoste pero sí la palabra cigüeñal que deriva a cigoñal y a la que en su primera acepción define como “pértiga apoyada sobre un pie de horquilla y dispuesta de modo que, atando una vasija a un extremo y tirando de otro, puede sacarse agua de pozos poco profundos”. Viene a ser como una palanca o una balanza.
El origen del pingoste se pierde en la noche de los tiempos. Cuando hace unos 8.000 años el hombre comenzó a evolucionar de cazador recolector a agricultor y ganadero se dio cuenta de lo importante que era el agua para aumentar y asegurar la producción de alimentos en esta nueva forma de vida. Y para ello tuvo que “domesticar” también el agua  superficial almacenándola, canalizándola, regulándola… Pero cuando las aguas superficiales no eran suficientes tuvo que dar un paso más, excavar pozos para extraer el agua subterránea de los acuíferos.
Tanto el excavar pozos como la extracción del agua requerían un importante avance tecnológico. La historia del hombre siempre ha sido buscar soluciones a los problemas que se van planteando. El descubrimiento de la rueda (3.500 a. c.) en el Creciente Fértil ( Mesopotamia, Siria, Egipto…) fue fundamental para este desarrollo. El desarrollo agrícola en esta región se fue extendiendo de forma imparable por Europa y Asia.
Mil años después del descubrimiento de la rueda ya tenemos testimonios en pinturas y grabados de Meosopotamia, Egipto y la India del uso generalizado del pingoste.
El artilugio que nos ocupa “tiene una edad”  que ronda los 4.500 años. A pesar de su edad todavía he podido ver alguna reliquia en algunos pequeños pueblos de Ávila, Salamanca, Zamora y las zonas colindantes de Portugal. También se pueden ver pingostes en las interesantísimas y recientemente recuperadas salinas de Poza de la Sal (Burgos). En las salinas, en lugar de utilizar un balde usan un pellejo de cuero pues la salmuera corroe el metal.


  
                                         Contrapeso de pingoste en el Museo.


Pues bien, el pingoste tiene una interesante historia en Montejo de San Miguel y actualmente lo tenemos representado en el Museo Agrícola Vivo, que es una parte de todo el conjunto museístico.
La historia de nuestra recuperación del pingoste comienza en torno a mil novecientos setenta  cuando decidimos limpiar uno de los dos pozos que tenía la huerta que cultivaba nuestra familia.
Los dos pozos tienen forma cilíndrica y sus paredes son de piedra de una excelente factura. El brocal está a ras del suelo y dispone de una escalera de piedra que va descendiendo para acceder mejor al agua cuando el nivel está bajo. Por su capacidad y la rapidez de recuperación abastecían sobradamente las necesidades de la huerta.
Para regar sacábamos el agua del pozo con un potente motor de gasolina que nuestro tío Jesús, afincado en  Argentina y con mucha visión de futuro, le había regalado a su padre, nuestro abuelo.
Para poder limpiar el pozo instalamos en el brocal un trípode hecho con tres fuertes cabrios a modo de grúa de cuyo vértice pendía una polea. Vaciamos el pozo con el motor y a mí me tocó bajar al fondo y llenar los baldes con el fango. Utilizando una soga y la polea se subían a la superficie. Como el pozo no se había limpiado nunca, el fango tenía una profundidad de más de medio metro. Al remover el fango salía un olor hediondo que nos puso a los más jóvenes al borde de la sublevación, aunque fue firmemente reconducida por los adultos.
Cuando se sacó la mayor parte de fango comenzaron a aparecer piedras, alguna pertenecía al brocal, otras arrojadas por los chavales, porque ¿quién se resiste a no tirar una piedra a un pozo para ver la profundidad o el placer de ver las ondas en el agua? Claro, siempre que no haya adultos a la vista. Pero lo más interesante fue sacar dos piedras redondas de unos 40 cm de diámetro con un agujero en el centro. Nadie se explicaba su significado.




Pozo del que se extrajeron las piedras de pingoste. En los años lluviosos llega a desbordarse. La superficie está cubierta de lentejas de agua.


Ante este interrogante preguntamos a la gente mayor y a la que podíamos sospechar que supiera algo. Todo fue en vano. ¡Un misterio! A pesar de nuestra temprana edad ya teníamos cierta sensibilidad hacia estos temas y pusimos las piedras a buen recaudo en espera de poder descubrir el enigma.
Desde finales de los 80, y por razones matrimoniales, vengo pasando algunas temporadas en Altamiros (Ávila) y allí pude ver por primera vez un  cigüeñal. Muy pocos eran los que sobrevivían en los huertos. Jamás había visto este artilugio pero pronto até cabos y caí en la cuenta de que las piedras que hacía años habíamos sacados del pozo cumplían la misión de contrapesos de estos cigüeñales. ¡El misterio había quedado resuelto!




Uno de los últimos cigüeñales en Gallegos de Altamiros (Ávila)


Pasan los años y en el 2005, dos años después de abrir el Museo Etnográfico inauguramos el Museo de Maquinaria Agrícola y el Museo Agrícola Vivo. Para dejar constancia de este sistema de riego decidimos cavar un pozo e instalar en él un pingoste con las piedras originales que habíamos rescatado hacía años.



                                  El pingoste instalado en el Museo Agrícola Vivo.



Dando vueltas al tema de porqué se había abandonado el uso del pingoste tan tempranamente que nadie recordaba su uso, llegamos a la  conclusión de que se  debía a la construcción del canal de Hidroeléctrica Ibérica (Iberduero, Iberdrola) que coge la aguas del Ebro en la presa de Cillaperlata para alimentar la central hidroeléctrica de Quintana Martín Galíndez.



Canal de Iberduero que abastece la central hidroeléctrica de Quintana Martín Galíndez.


Este canal que divide en dos el término de Montejo comenzó a construirse en abril de 1902. Terminadas las obras se inauguró la central  de Quintana Martín Galíndez el 28 de febrero de 1904. El objetivo de esta central era abastecer de energía eléctrica a la industria de Bilbao a través de un tendido eléctrico de cerca 70 km.
¿Y qué tiene que ver este proyecto de central hidroeléctrica pionero en Europa con la desaparición del pingoste como sistema de riego en nuestro pueblo?
La explicación es la siguiente, el canal, en gran parte de su recorrido, es una trinchera excavada en tierra, pero en nuestro pueblo, con el fin de que el canal no pierda altura, está más elevado que el nivel de los campos de cultivo. Esto trae como consecuencia que sus márgenes, en especial el derecho, están soportados por potentes taludes de tierra y piedra. Estos taludes al no ser del todo impermeables tenían fugas de agua que podían ser utilizadas para regar las fincas que lindan con el canal.
Aprovechando esta coyuntura los propietarios que tenían fincas en los términos de El Pradillo, Tresportillo y El Fresno fueron abandonando sus huertas con pozo y se instalaron a orillas del canal ya que podían regar por gravedad sin tener que sacar el agua de los pozos. A este hecho achacamos la desaparición del pingoste.
Es de destacar algunas obras que se realizaron como consecuencia de esta disponibilidad de agua. El cura del pueblo, D. Fabián Herrán, construyó un depósito de hormigón de 5.000 l. para acumular el agua de riego. 




Depósito de hormigón de D. Fabián, actualmente invadido por las zarzas. Al fondo el terraplén del canal.


Como su finca no era plana, sino que en su  parte central tenía un pequeño lomo, sólo podía regar la mitad de su terreno. Para solventar el problema mandó construir un pequeño túnel  de unos 20 m de largo por el que pudiera pasar el agua salvando el lomo. De esta forma aumentó la superficie de regadío.
Para completar este "vergel"  construyó una caseta colmenar con una técnica muy avanzada para la época.



Caseta colmenar de D. Fabián orientada al sur.


 El  colmenar estaba concebido para albergar 16 colmenas, perfectamente orientado al sur, teniendo a su espalda el norte y protegido del oeste por una pared y una plantación de romeros.




Vista del interior con los 16 habitáculos para las colmenas.


A diferencia del cura D. Fabián, el resto de vecinos se limitaron a hacer balsas de tierra y piedras para almacenar el agua que se escapaba del canal. Estas obras se completaban con las correspondientes canalizaciones hasta sus huertas. Algunos vecinos que no tenían cultura de hortelanos también se animaron a hacer huerta. Fueron unos años de bonanza que en cierta manera cambiaron la mentalidad de estos labradores.
 Pero, como dice el refrán, “en casa del pobre, dura poco la alegría”. A finales de los años 50, Iberduero decide ampliar e impermeabilizar todo el canal. Se construyó una nueva presa en Cillaperlata, se amplió la trinchera del canal y se recubrió entero de hormigón con lo que quedó totalmente sellado. Las obras terminaron en 1959. Las fugas de agua desaparecieron y con ellas las huertas que se habían instalado en sus proximidades.



En el término de El Fresno se encuentra esta caseta que estaba destinada al almacenamiento de materiales para las obras del canal.


Para la realización de las obras del canal se necesitó gran cantidad de mano de obra que vino de toda Castilla y también de Portugal. Con el aumento de la población se organizaban algunos eventos para entretener a tanto personal. Con cuatro años asistí a un multitudinario partido de fútbol entre trabajadores de distintas empresas y recuerdo que el público coreaba ¡A la vin, a la van, Ezcurra ganará! Años después me enteré que era el nombre de una de las empresas que trabajaban en el canal.





Puente con cadenas a las que se puede agarrar si alguien cae al canal. Pasando de una a otra se puede llegar a la escalerilla del lateral para poder salir.


 Volviendo al pingoste del Museo. Pocos días después de haberlo instalado se lo enseñé a mi amigo Ricardo, le llamó mucho la atención y me dijo que en su pueblo,  Quintana Martín Galíndez, cuando las obras del canal, el tenía 7 u 8 años, y que recordaba que se asentaron varias familias  portuguesas, y alquilaron unas tierras para hacer huerta junto al arroyo Rociñana del que sacaban agua con un artilugio idéntico al que habíamos instalado allí.
La situación no deja de tener su gracia. El canal había causado la desaparición del uso del pingoste y el mismo canal había provocado su regreso 45 años después, aunque fuera un regreso puntual y limitado.
Esta historia nos lleva a una reflexión. ¿Cómo influye la construcción de ciertas infraestructuras en la vida de una comarca, de un pueblo…? Sería interesante hacer un análisis pormenorizado de cuál ha sido el impacto en lo referente al desarrollo económico, social, medioambiental, cultural… en la zona, pero lo dejaremos para mejor ocasión.
De momento nos conformamos con haber constatado que el pingoste o cigüeñal, artilugio milenario, fue usado en estas tierras hasta hace unos cien años. Seguiremos buceando en los saberes y formas de vida de nuestros antepasados.

DICHOS Y REFRANES

“Mi gozo, en un pozo”
“Es un pozo sin fondo”
“Estar en el pozo”
“Me voy a tirar a un pozo”
“El muerto al pozo, y el vivo al gozo”
(“El muerto al hoyo, y el vivo al bollo”)













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